Cuando llega a la clínica una persona que no tiene ninguna experiencia con psicodélicos, siempre nos enfrentamos al mismo reto: ¿cómo explicamos con la mayor exactitud posible qué es una experiencia psicodélica?
Cientos de autores reconocidos y psiconautas aficionados lo han intentado. Desgraciadamente, casi siempre con el mismo resultado. Tenemos la sensación de que cualquier descripción es insuficiente, que nunca hace justicia a lo que realmente se vive allí. Como si intentáramos poner en palabras una experiencia que, por su propia naturaleza, se resiste a ser contada sólo con palabras.
Si existe un consenso, es precisamente éste: la naturaleza inefable de la experiencia psicodélica.
Por eso, a menudo, cuando intentamos explicar este fenómeno no podemos recurrir a la literalidad. Nos vemos obligados a utilizar mecanismos más sutiles y elegantes: las analogías y metáforas. Paradójicamente, son estas metáforas las que más nos acercan a una comprensión ajustada del fenómeno psicodélico que una explicación estrictamente literal.
Esta historia va dirigida a todas aquellas personas que nunca han probado ningún psicodélico y que nos preguntan: ¿Qué puedo esperar de una experiencia psicodélica? ¿Cómo me puede ayudar? ¿Y qué le hace tan diferente a otras formas de terapia?
Hace mucho tiempo, durante una travesía marítima, un joven profesor coincidió con un viejo marinero. El profesor era un hombre culto con muchos títulos universitarios, pero con poca experiencia vital. El marinero, en cambio, había pasado toda su vida en el mar, pero nunca había pisado ningún aula.
Cada noche, el marinero visitaba la cabina del joven profesor para escucharle disertar sobre todo tipo de temas. El profesor hablaba con seguridad y brillo; el viejo le escuchaba con admiración, profundamente impresionado por su cultura.
Una noche, después de largas horas de conversación, cuando el marinero ya se despedía por acostarse, el profesor le preguntó:
— Perdone, ¿usted ha estudiado geología?
— ¿Qué es eso, señor? —respondió el viejo marinero.
— La ciencia de la tierra.
–- No, señor. Ni siquiera fui a la escuela. Nunca he estudiado nada.
— Caramba —dijo el profesor—. Es curioso, porque la geología es muy importante para su trabajo. Diría que ha malgastado una cuarta parte de su vida.
El viejo marinero se fue algo angustiado. Si una persona tan letrada dice esto, quizás sí he malgastado una cuarta parte de mi vida, pensaba.
Al día siguiente, cuando el marinero se disponía a marcharse, el profesor le detuvo:
— Y por casualidad, ¿ha estudiado oceanografía?
— ¿Qué es eso, señor? —preguntó el viejo, desconcertado.
–- La ciencia del mar.
— No, señor, tampoco.
—Entonces —dijo el profesor— temo que ha desperdiciado la mitad de su vida.
Aún más angustiado, el marinero se fue pensando: ¿Qué he estado haciendo toda mi vida? Quizás sí he malgastado la mitad.
La noche siguiente, el profesor insistió:
— Supongo que, al menos, habrá estudiado meteorología.
— ¿Qué es eso, señor? Nunca he oído hablar de ello… —dijo el marinero, visiblemente avergonzado.
— ¿Cómo? La ciencia de los vientos, de la lluvia, del tiempo… ¿No sabe usted?
–- No, señor. Como ya le dije, ni siquiera fui a la escuela.
— ¿Me está diciendo que no ha estudiado la ciencia de la tierra donde vive, ni la del mar con la que se gana la vida, ni el tiempo que le acompaña cada día? —concluyó el profesor—. Perdone, pero creo que ha malgastado tres cuartas partes de su vida.
Esa noche, el viejo marinero se sentía profundamente desgraciado. ¿Cómo puede ser que no me haya dado cuenta antes? pensaba.
Pero al día siguiente ocurrió algo curioso. Fue el viejo marinero quien entró corriendo en la cabina del joven profesor:
— ¡Señor profesor! ¿Ha estudiado nedalogía?
— ¿Nedalogía? ¿Qué es eso?
— ¿Sabe nadar, señor?
— No, no sé.
—Qué desgracia —dijo el marinero—. El barco ha chocado contra una roca y se está hundiendo. Quienes saben nadar pueden llegar a la costa, que está a un par de kilómetros. Quienes no, se ahogarán. Lo siento, pero creo que ha malgastado toda su vida.
Puedes saberlo todo sobre el agua. Puedes describir con precisión sus estados sólido, líquido y gaseoso; entender íntimamente su composición química y cómo reacciona con otros elementos; formular las ecuaciones más elegantes sobre sus propiedades físicas. Puedes convertir el agua en fórmulas, tratados, leyes perfectas que se rinden a tu ingenio. ¿Pero de qué te servirá todo esto si te niegas a nadar?
Puedes estudiar todas las logías del mundo, pero si no aprendes a nadar, todo este saber no te servirá de nada.
Tienes que aprender a nadar.
Esto es, en esencia, lo que ocurre con una experiencia psicodélica en un contexto terapéutico. No se trata de entenderla antes de que ocurra, ni de poder explicarla con precisión después. No se trata de acumular información ni de añadir un nuevo relato intelectual sobre uno mismo. Se trata de entrar.
Como el profesor de la historia, podemos leer mucho, informarnos bien, comprender los mecanismos neurobiológicos, las moléculas implicadas y los posibles beneficios. De hecho, muchas personas llegan a la consulta con un nivel de insight muy elevado sobre lo que les ocurre. Todo esto es importante. Pero llega un punto en el que el lenguaje se agota. Y es entonces cuando el cuerpo, la emoción y la experiencia directa toman el relevo.
Una cosa es entender intelectualmente que perdonar puede aliviar el sufrimiento o que la aceptación es un camino; otra muy distinta es sentirlo en la propia piel. Porque, cuando esto se ha vivido, a menudo se hace más fácil introducir pequeños cambios en el día a día que refuercen lo experimentado.
Podemos imaginar la psicoterapia asistida con psicodélicos cómo aprender a nadar. No en medio del océano, en plena tormenta, sino en una piscina de olas: con flotadores, sabiendo que la experiencia tiene un inicio y un final, y con un profesional al lado en todo momento.
La psicoterapia asistida con psicodélicos no consiste en aprender una nueva “logía”, sino en vivir una experiencia que, bien acompañada e integrada, puede abrir nuevas formas de relacionarse con uno mismo, con los demás y con el sufrimiento. No promete soluciones mágicas ni caminos fáciles. Pero sí ofrece una oportunidad clara: dejar de hablar del agua y, finalmente, aprender a nadar.
Texto escrito por Joan Soler, estudiante de prácticas del Máster General Sanitario en 2026. Basado en una fábula del gran poeta persa, Rumi.


