La mayoría de nosotros hemos tenido días en los que una emoción parece querer ocuparlo todo.
Puede ser la rabia después de una discusión. La tristeza ante una pérdida. La preocupación antes de una reunión importante. O la frustración cuando las cosas no salen como esperábamos.
Cuando esto ocurre, es habitual que intentemos controlar lo que sentimos. Nos decimos que no deberíamos estar enfadados, que no tiene sentido preocuparnos tanto o que deberíamos ser capaces de superarlo rápidamente.
Pero hay un problema: las emociones no suelen desaparecer porque las rechacemos.
De hecho, a menudo ocurre lo contrario. Cuanto más intentamos no sentir una emoción, más espacio acaba ocupando en nuestra mente. La lucha constante contra aquello que sentimos puede llegar a ser agotadora y generar aún más frustración.
Las emociones no son enemigas
Este enfoque conecta con lo que diversas terapias contemporáneas, como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), han observado: los intentos constantes de eliminar o controlar experiencias internas desagradables suelen aumentar el sufrimiento psicológico.
El miedo nos prepara para afrontar situaciones de riesgo. La rabia nos informa de que percibimos una injusticia o de que se ha traspasado algún límite importante. La tristeza puede aparecer cuando perdemos algo valioso. La alegría nos conecta con aquello que da sentido a nuestra vida.
Las emociones no son buenas ni malas. Son experiencias humanas.
El malestar a menudo no proviene tanto de la emoción en sí misma como de los esfuerzos constantes por evitarla, eliminarla o impedir que aparezca.
Por eso, una de las habilidades psicológicas más valiosas consiste en desarrollar la capacidad de reconocer las emociones cuando llegan, permitir que estén presentes y decidir conscientemente cómo queremos actuar en su presencia.
Una sabiduría antigua: la práctica del Navarasa
Mucho antes de que la psicología moderna hablara de aceptación emocional, algunas tradiciones de la India ya habían desarrollado formas sorprendentemente sofisticadas de relacionarse con el mundo emocional.
Una de ellas es el Navarasa.
La palabra sánscrita rasa podría traducirse aproximadamente como “esencia emocional” o “sabor emocional”. Según esta tradición, existen nueve grandes estados emocionales fundamentales que forman parte de la experiencia humana: el amor, la alegría, la compasión, la valentía, la sorpresa, la calma, pero también la rabia, el miedo o la tristeza.
La propuesta del Navarasa no consiste en eliminar las emociones desagradables ni en sustituirlas por emociones positivas.
La idea es casi la contraria. Consiste en reconocer que todas forman parte de la vida humana y entrenarnos para hacerles espacio de manera consciente.
Saludar a las emociones antes de que lleguen
Algunas prácticas inspiradas en el Navarasa invitan a dedicar unos minutos cada mañana a conectar intencionadamente con cada uno de estos estados emocionales.
No se trata de provocarlos intensamente ni de quedarse atrapado en ellos; se trata simplemente de recordar que existen y que, en algún momento del día, cualquiera de ellos podría aparecer.
Cuando una emoción aparece más tarde, ya no es una visita inesperada: es una presencia conocida.
Podemos reconocerla y decirnos internamente:
“Sí, ya sé quién eres. Ya te he visto hoy. Puedes estar aquí, pero no es necesario que dirijas todas mis decisiones.”
Esta actitud no elimina el malestar, pero a menudo reduce la lucha innecesaria contra él.
Hacer espacio para poder elegir
Aceptar una emoción no significa resignarse ni darle la razón. Aceptar significa reconocer que está presente.
Cuando dejamos de gastar energía intentando expulsar aquello que sentimos, disponemos de más recursos para decidir cómo queremos actuar.
El miedo puede estar ahí y, aun así, dar el paso importante.
La rabia puede estar ahí y, aun así, responder con serenidad.
La tristeza puede estar ahí y, aun así, seguir cuidando aquello que es importante para nosotros.
Quizá esta sea una de las intuiciones más valiosas que comparten tanto las tradiciones antiguas como la psicología actual: la libertad no consiste en no sentir emociones difíciles, sino en poder vivir plenamente incluso cuando estas aparecen.
Las emociones forman parte de la vida. La pregunta no es cómo evitarlas, sino cómo relacionarnos con ellas de una manera más amable, flexible y consciente.
Mañana por la mañana, dedica dos minutos a imaginar las distintas emociones que podrían acompañarte durante el día. No intentes provocarlas. Simplemente reconoce que todas tienen un lugar dentro de la experiencia humana. Cuando alguna aparezca, observa si puedes recibirla con menos sorpresa y menos resistencia.


